Fray en Hamburgo

Mi año de prácticas Erasmus en Alemania... y lo que se tercie!

Llegó Febrero, y con él más nieve, menos frío, más trabajo que el habitual, y nuevos compañeros de piso, en detrimento de mi convivencia con mis vecinos chinos, que se fueron con el nuevo mes junto con la alemana tarada.

Tarde de domingo rara, como diría la canción, en la que me dedicaba a ver Dexter, cuando alguien llamó a mi puerta. No es habitual que esto pase en mi pasillo, mucho menos un domingo y a esas horas. Abrí mi puerta, y me encontré con dos sonrientes caras, la de un chico rozando los 30, y una chica de edad similar con un inquietante parecido a Ángela Lansbury. Se presentaron muy cordialmente y me dijeron que eran mis nuevos vecinos, ambos venidos de Austria, y según lo que llevo observando estos días, son aparentemente pareja de hecho. Al principio se lanzaron en alemán, pero conseguí frenarles a tiempo para evitarles la sensación de estar repitiéndose cuando me volvieran a contar lo mismo en inglés. En realidad algo les había entendido, pero para no hacernos perder el tiempo mutuamente, más rápido si era en inglés. Es más que sospechosa la coincidencia de esta pareja en la misma residencia en el mismo piso, tengo la teoría de que han sido beneficiados por alguna clase de enchufe. Viven ahora en sendas habitaciones ocupadas anteriormente por los chinos, que por suerte se han ido para no volver. No echaré de menos las lagunas al lado de la ducha, los largos pelos negros en cualquier parte del baño, y el ruido de sus máquinas especiales para preparar el arroz, sin mencionar los atascos en el fregadero de la cocina debido a cantidades ingentes de algas que comían.

Me enteré hace pocos días de que la habitación que ocupaba mi amigo indio, y que tristemente se ha marchado a Nueva Delhi, la ocupa ahora un alemán al que ví por primera vez ayer, con lo cual no tengo opinión formada acerca suya. Se dedica a hacer apariciones fugaces entre su cuarto y la nevera de la cocina, y también al baño. Enfrente mío, donde vivía Enresto, de Argentina, vive otro alemán que no habla con ninguno de nosotros alvo con alguien al otro lado de su teléfono móvil. Ningún interés en profundizar en esa amistad. También hay otro alemán con una apariencia que se asemeja a la de Mr. Potato, y que en ocasiones hace gala en el pasillo de originales esquijamas que dibujan curiosas formas.

Queda sólo por contar detalles acerca del alemán que ha venido a vivir justo al lado de mi habitación, ocupada durante un tiempo por un neozelandés y justo después por un ruso que se fue para alivio de todos. Alemán simpático donde los haya y que da animada conversación, intercalando algunas frases que aprendió en unas vacaciones en Lloret de Mar, en su mayoría verdes. Dice que estudia para unos exámenes que no acaban de llegar, pero mientras tanto se pasa las horas muertas tumbado en el sofá de la sala común y viendo la televisión alemana, que aunque pueda sonar increible, es mucho peor que la española. Todo programas derivados del 50x15 y abundantes concursos de telerrealidad.En general, todo bastante kafkiano.

Breve apunte en lo que concierne al trabajo: se complica el proyecto cada día, fundamentalmente porque tengo que utilizar herramientas que no conozco, como son el VTK, el ITK, y otras para manejar segmentaciones del hígado a las que ya les cogí el truco. Siguen sucediéndose las reuniones con Nicole semanalmente en la que tengo que dar cuenta de lo que he hecho, y de paso explicarle mis problemas a alguien del departamento que me pueda solucionar parcialmente la vida.

Próximamente, el esperado viaje a Colonia con motivo de los Carnavales, que promete ser un viaje destroy, más detalles a mi vuelta el domingo.

Gran fin de semana este que ahora termina. Reencuentro con amigos alemanes de mi año en Finlandia, y a los que tenía muchas ganas de volver a ver. Hace unos días Annegret nos escribió a la comunidad alemana de Lappeenranta y a mí pra invitarnos a su cumpleaños. No me lo pensé demasiado, y a pesar del intolerablemente caro billete de tren, me fui hasta Essen el sábado por la mañana.

Después de tres horas de viaje, llegué por fin a Essen, donde ya me esperaba Annegret en el andén de la estación. Emotivo reencuentro, recuerdos de historias del año pasado, intercambio de novedades de amigos comunes, y esa clase de cosas que tanto me gustan y de las que no me olvido.
Eran las cuatro de la tarde cuando llegué, así que hasta que llegara Sebastian a las seis, nos fuimos a dar una vuelta por Essen. Poco que ver, porque todo lo interesante que había se lo cargaron los ingleses cuando bombardearon la ciudad. Después de las compras, estuvimos haciendo tiempo en el Starbucks, en el que  además tuve tiempo para practicar mi alemán con Annegret. Llegado Sebastian a la estación y después de otro emotivo reencuentro, fuimos para casa de Annegret, a las afueras de Essen, en donde su hermana ya estaba preparando la barbacoa. Mucha comida, y sobre todo mucha bebida, fundamentalmente cerveza  Krombacher. 



En la fiesta era el único español, porque, por supuesto, el resto eran todos alemanes o alemanas. En esta clase de situaciones la gente siempre intenta enseñarte nuevas palabras o expresiones por eso de que eres extranjero. Sebastian me hizo el favor de apuntarme varias en un papel, todas ellas tacos o cosas sucias. Ya me las he aprendido todas. La fiesta se prolongó hasta altas horas de la noche gracias a una ingente cantidad de comida que iba a parar sin pausa a la barbacoa, y varios drinking games en los que los alemanes son tan buenos, con juguetes de por medio para hacerlos más complicados. 

Al día siguiente, un poco mareados, nos comimos lo que sobró de la noche anterior mientras veíamos la televisión alemana, que, aunque pueda parecer imposible, es más lamentable que la española. Reality shows a todas horas y programas derivados del 50x15, aunque la parte buena es que se oye alemán. Hoy, a las tres de la tarde, ya estaba camino a la Hauptbahnhof de Essen para coger el tren que me llevaría a Hamburgo.
Inolvidable fin de semana este. Una pena que ni Tobias ni Nils pudieran ir, pues parece ser que estas semanas está de moda irse con la familia a esquiar a Austria. Lástima que no vayamos a vernos en los carnavales de Colonia, aunque ya hemos hecho planes para vernos pronto en Hamburgo, así que no me preocuparé por echarles de menos todavía. Gran finde.

La verdad es que es lamentable, pero he tardado cuatro meses en ir al Stadtpark, que está a unos pocos metros más allá de la parada de metro por la que todos los días paso. Nunca encontré el momento para ello. Hasta ayer.

Después de que volviéramos a ser víctimas de otra insufrible nevada en Hamburgo, decidimos levantarnos de nuestras camas el sábado por la mañana para ir al Stadtpark, un parque muy grande, para hacer el mono con la nieve. Sobrepuestos de los estragos que había causado en nosotros la fiesta de cumpleaños de Jona de la noche anterior, nos abrigamos convenientemente y para allá nos dirigimos.

Pasaba la mañana entre indiscretos bolazos de nieve, emboscadas y empujones traidores, cuando dos personajes que por allí pasaban decidieron lanzarnos unas elaboradas bolas de nieve. Lo de elaboradas no es tontería, porque la nieve era de una calidad tal que no permitía hacerlas en condiciones, por ser la materia prima poco consistente o arenosa. Sin embargo, estos dos se las habían apañado para hacer bolas de nieve compactas y, eventualmente, dañinas, como pude luego comprobar. "Tienen que ser alemanes, están curtidos en estos menesteres" dijo alguien, "Que alguien les diga auf deutsch cómo se hacen así las bolas" dijo otro. Y así echamos un buen rato batallando con aquella pareja de alemanes. Y, como el roce hace el cariño, cogimos confianza y les pedimos que nos llevaran al famoso Planetarium del Stadtpark, tarea difícil en el laberinto de caminos y árboles que es el parque. Curiosa pareja de alemanes, que acabaron con el teléfono y facebook de todas las que nos acompañaban, y una invitación a la fiesta de la Europa Haus que había esa noche de sábado. No fui testigo de lo que pasó en la susodicha fiesta, a la que no asistí por agotamiento físico, pero llega a mis oídos que se les vió sospechosamente integrados en el ambiente, a base de bailes locos y conversación vacía.

Reencauzando el post, en el Stadtpark nos subimos a la terraza del Planetarium para disfrutar de unas impagables vistas de Hamburgo, y tirarnos unas cuantas bolas de nieve más antes de ser echados de allí, porque aparentemente estaba prohibido subir hasta allá arriba.

Y con lo que respecta al resto de días, para mí el fin de semana empezó esta vez un poco antes, porque me cogí el viernes libre con las horas extra que había hecho. Así, quedé con Nuria y Celia para ir al Alster para caminar sobre él una vez más, y luego comer con la gente en la Mensa, o comedor universitario, en el que por cierto nadie comprueba que seas universitario. Tengo como prueba que yo no pagué más que el resto de estudiantes de la universidad de Hamburgo, pero tampoco el mendigo que por allí había comiendo. Poca diferencia entre la comida servida en Philips y en la Mensa, y no descarto que se pongan de acuerdo ambos para hacer el menú diario. A la comida siguió una sobremesa de casi cuatro horas, y después de un paseo por el centro, fuimos hasta Allermöhe (comunmente apodada Mordor por lo escandalosamente lejos que está) al cumpleaños de Jona, natural de Valencia, y que nos hizo pasar una divertida velada de la que tengos pocos pero graciosos recuerdos. Amplio reportaje fotográfico, como siempre.

Hoy domingo poco o nada que contar, más que me he acercado a la Europa Haus a ver UP en casa de Alex, que siempre nos engorda a base de tartas de manzana. Muy rica la tarta Alex.

Las temperaturas extremas que estos días asolan Hamburgo tenían que traer consigo algo positivo.
Y así es, el lago Alster está completamente congelado. Así que ni corto ni perezoso, decidí usar mis horas extra que he hecho en el trabajo antes de Navidades para salir pronto, cuando aún había luz, y quedar con la pipol en el Alster. Como trabajo más allá del quinto jaral, me ha llevado un rato llegar hasta allá, fundamentalmente porque, por culpa de cierta persona que se hace llamar Ángel, me he bajado en la estación de metro equivocada, y me ha tocado caminar por encima del lago durante más de 30 minutos hasta llegar donde estaba el resto de la gente. En realidad toda esta desorganización la provoca el grupo de andaluces con los que me junto.

En lo que duró mi solitaria caminata por el Alster, aproveché para hacer algunas fotos, aunque en realidad ver un lago helado me sorprende más bien poco porque no me es novedad. Aún así, me sigue impresionando. Gente patinando por el lago, jugando a hockey sobre hielo, paseando, pero fundamentalmente cayéndose por todos lados. Suelo exageradamente resbaladizo. Y fíjate si es caprichoso y simpático el tiempo en Hamburgo, que hoy ha sido oficialmente el día más soleado desde que llegué. Cegador Sol el que brillaba hoy en el cielo.

Había que hacer tiempo hasta que empezaran mis clases de alemán, así que Majo, los Luises, Ángel, Álex, Celia y yo nos fuimos a tomar un café en el afán cafetero que estos días nos invade. Y lo que es más importante, luego nos acercamos Luis, Ángel y yo a Berliner Tor a pedir los detalles para apuntarnos al gimnasio de la Universidad. Que no os engañan vuestros ojos, porque habeis leido bien, me apuntaré muy probablemente al gimnasio. La dieta alemana está haciendo estragos en mi cuerpo, sea apuntarme al gimnasio el remedio a todos mis males. Curioso funcionamiento del gimnasio: nos han dado cita para dentro de unos días, cuando un "personal trainer" nos dirá, individualmente, qué es lo que queremos hacer, y elaborar un plan personalizado en consecuencia. Muy atentos estos alemanes, aunque la cita en principio dura dos horas, a ver en qué nos convierten.

Llego ahora de tomar un café en el centro con amigos (en realidad he llegado hace horas, pero el escribir cada entrada del blog se vuelve siempre una tarea intermitente por estar alternándola con otros quehaceres, y lleva más tiempo del deseado). Estos cafés vespertinos de domingo y con amigos suelen tener siempre el mismo propósito, se tomen en Hamburgo, en Pekín o en Pokón: juntar todas las piezas que han sido el fin de semana y así vaciar las lagunas de memoria, pero también para intercambiar historias chanantes. En general, hablar mucho y decir poco, que siempre es lo mejor, siempre acompañado de algunos chistes.

Va pasando el tiempo en Hamburgo a velocidad constante pero rápida. El viernes cinefórum pero sin fórum en casa de Luis. 28 días después y Borat. La primera muy buena, ya la había visto, la segunda, mofante. Ayer fiesta en la Gustav, con excesos varios, como pasa siempre que se reúne la gente en la Gustav.  Tenía intención de combinar las fiestas de la Gustav y la Europa Haus a base de ir primero a una y luego a otra.; lástima que la de la Europa acabara inesperadamente pronto. Me he enterado hoy de casualidad de que mi habitación en la Gustav, a la que me mudo con alta probabilidad en Marzo, es intolerablemente pequeña, aunque dicen que la sala común es en cambio bastante amplia. Probablemente sea todo rumorología, así que me reservaré de hacer ninguna clase de comentario hasta que entre por la puerta de la que será mi habitación allí. Queda poco para eso, salvo imprevistos.

Y continuan las clases en el Goethe Institut, en el que me tiro casi nueve horas a la semana aprendiendo alemán. Tanto, que a veces me entran ganas de invadir Polonia, como diría aquel. Estoy tan motivado, que hasta me he acercado al Saturn a comprarme dos películas alemanas: Goodbye Lenin, y La vida de los otros. Lástima que al llegar a casa y sentarme delante del ordenador para ver la segunda, me diera cuenta de que no tenía subtítulos. La reservaré para dentro de varias décadas cuando sepa el suficiente alemán.

En otro orden de cosas, inusual frío el que se ha instalado estos días en Hamburgo. Los alemanes más viejos detienen su paso en la calle, e intercambian historias de principios del siglo pasado acerca de antiguas olas polares que por aquí pasaron. Los niños se deslizan por el hielo que cubre las aceras de la calle, y que provoca que descuidados viandantes se rompan los huesos al caer contra el empedrado tras un inocente resbalón. Oh las temperaturas bajo cero, cuánto chascarillos nos dan y cuántos buenos momentos nos regalan. Insoportable el frío que hace estos días, espero con ansia un anticiclón para que las esperas en el Saturn se vuelvan menos dolorosas.

Y de nuevo, un lunes, vuelta a la rutina, que trae consigo volver al trabajo, refugio de los que no tienen nada que hacer. Esta semana no parece que traiga novedades importantes, simplemente circunstanciales, así que si alguna merece la pena prometo hacer la crónica pertinente. Sigo sin prometer asiduidad en la publicación de posts.

Llevo mucho sin escribir, y de hecho iba a publicar ayer una entrada de seguimiento de mis andanzas en Hamburgo, pero estuvo bien el no hacerlo, ya que así puedo contar con más ganas lo que aconteció ayer en el bar de la Paul Sudeck Haus, mi residencia.


Transcurría la noche en el bar como transcurre todos los miércoles: música, la gente abajo de charla y de bailes, y los asiduos al bar animando al personal. Andábamos felices por el piso de abajo, cuando Luis, natural de Granada, me hizo una irrechazable proposición: bajar el sofá del piso de arriba del bar al de abajo, para poder hacer el moñas un rato, muy en nuestra línea. Acepté el reto (que no fue tal), y subimos el piso de arriba, lo agarramos cada uno por su lado, y lo bajamos como pudimos, poniéndolo en la esquina que le correspondía. 

Transcurría todo con normalidad, hasta tal punto que el sofá ya estaba olvidado por casi todo el mundo y era un objeto más allí, cuando de repente se me acercó uno de los encargados del bar y me dijo algo en alemán que no llegué a comprender. Le dije, en consecuencia, que cambiara a inglés si quería que le entendiese, y de malas maneras me preguntó si había sido yo el que había bajado el sofá. En los primeros momentos, me hice el loco, haciendo ver que no entendía ni una palabra de lo que me decía. Fue entonces cuando el chico empezó a hacer una serie de gestos exageradamente explícitos, representando cómo coger un sofá, llevarlo y ponerlo en la esquina, todo esto con numerosos aspavientos y puñetazos al aire intercalados. No me quedaba otra que decir lo siguiente: "Sí, fue yo". Y fue fulminante: "fuera de aquí".


Ahí acabó mi noche en el bar de la Paul Sudeck, baneado por esa noche, e intentando convencer a los otros responsables del bar de que Luis no había hecho nada. Esta tarea fue especialmente difícil, porque Luis estaba a mi lado cuando hablaba con la gente del bar, con cara de ido y soltando paparruchadas incoherentes. Con suerte para él, no le reconocieron, fundamentalmente porque me harté de decir que la otra persona que había bajado el sofá se había ido hacía un rato.



Dirigí mis pasos a mi habitación, donde estaban los abrigos de varias personas que habían aprovechado, ya por rutina, dejarlos allí hasta que acabara la fiesta del bar. Con lo cual, no me podía dormir hasta que la fiesta terminara. Cuando iba a empezar a hacer tiempo viendo algún capitulo de alguna serie, Elena, catalana ella, subió a mi casa a recoger sus cosas, y de paso las del resto, para que yo pudiera dormir. Ante tan caritativo gesto por su parte, tuve la idea de acompañarla al ascensor con las cosas de los demás. Mal asunto.


En cuanto salí por la puerta del pasillo de mi residencia y oí cómo se cerraba sonoramente la puerta del pasillo de mi piso, dije "Me he dejado las llaves en la habitación". Desesperación. Elena se reía, yo nada. No iba a poder dormir en mi casa, sólo tenía encima una triste camiseta y fuera había varios grados bajo cero, y al día siguiente tenía que madrugar. Todo mal, nada estaba saliendo según lo previsto. Sólo quedaba una solución: llamar al telefonillo de todos los que vivían en mi pasillo para que me abrieran. Estuve más de 30 minutos llamando a los timbres de mis seis compañeros de pasillo, sin obtener respuesta ninguna. Aporreé la puerta, di golpes y patadas... hasta que de repente oí un pequeño zumbido. Alguien me había abierto la puerta. Entré con una enorme sonrisa en mi pasillo, para ver a la alemana que vive conmigo en la puerta de su habitación, con cara de susto. Le dí las gracias por abrirme, y le presenté mis disculpas, a lo que ella me respondió "He abierto porque tenía miedo". 


Todavía no me explico que lógica tiene el abrir la puerta a alguien cuando se tiene miedo. Allí me las den todas. El próximo miércoles, otra vez, pero bajaremos el sofá al final de la noche.

No escribo desde hace días, pero es que puedo decir sin miedo a equivocarme que ha sido la semana más completa que he tenido en Hamburgo desde que llegué en Octubre, y por ende, el poco tiempo libre que he tenido lo he dedicado a descansar cuerpo y mente.


Ajetreada semana digo, porque a la vuelta de Navidades me esperaba lo que yo ya temía: mucho trabajo atrasado que tiene que estar hecho antes de que acabe Enero, ya que en Febrero empiezo oficialmente a dedicarme a mi proyecto de fin de carrera. Menos mal que Nicole se ha ocupado de pedir al departamento de informática un nuevo ordenador para mí, porque el que tenía era rápido, pero no lo suficiente como para evitarme el esperar media hora para ver los resultados de una simulación. Si a esto le sumamos el recién iniciado intensivo de alemán en el Instituto Goethe, pues me quedan pocas fuerzas para cualquier otra cosa. Eso sí, los mejores momentos de esta semana han sido, sin ninguna duda, las clases de alemán.


Curiosas las clases de alemán en el Goethe, por muchas cosas. Crisol de culturas en clase: una rusa, una china, un finés, un australiano, una canadiense, un francés y un japonés. Cada uno con sus rasgos particulares que les convierten, sobre todo a algunos de ellos, en personajes. Por un lado, la rusa, de 29 años, es el prototipo de rusa charlatana y simpática, pero que acostumbra a soltar chascarrillos relacionados con su condición de soltera, y, fundamentalmente, con que busca también un hombre soltero lo antes posible. En algunos casos su insistencia en el asunto resulta bochornosa. Es tal el estupor que causa al insistir tanto, que el resto de compañeros últimamente tienden a intercambiarse miradas desaprobatorias. Menos la china, que cuando entiende lo que ha querido decir la rusa, empieza a reirse a mandíbula batiente, tapándose la boca con la palma de la mano. He de decir que es la única china que conozco que habla bien inglés. Luego está el finés, que ya tiene hasta hijos, y es natural de Helsinki; se alegró mucho al saber que había estado estudiando en Lappeenranta el año pasado y que chapurreo un poco de finés. Un tío muy simpático pero que habla inglés como casi todos los fineses: poniendo una voz inhumanamente grave y a trompicones. La chica canadiense no merece comentario alguno, un poco insípida y fea pero simpática, al igual que el japonés, que tampoco da mucho juego. El francés es un tío divertido, y el australiano da mucha conversación, aunque la mayor parte de ella es en inglés y durante los descansos.


Creo que en una semana de clase he aprendido más que en dos meses y medio en la academia de alemán anterior, así que lo que pagué acabará amortizándose. Y en lo que conciernte a Hamburgo, lleva nevando prácticamente desde que llegué, el termómetro no pasa de los 0 grados y el hielo de las calles es una trampa mortal. Lado positivo: que el hielo del lago Alster ya tiene un grosor de 10 centímetros, y cuando llegue a 20 montarán la anunciada pista de patinaje sobre él. Y allí estaré yo impresionando a los hamburgueses con las destrezas sobre patines que adquirí en Finlandia.


Más pronto que tarde, más y mejor.

Después de unas casi inmejorables vacaciones de Navidad por Madrid, aquí me hallo de nuevo, en la habitación 200/12 del bloque B de la Paul Sudeck Haus. Dos semanas de vacaciones que se me han pasado volando, igual que se me habían pasado volando los casi dos meses y medio que llevaba aquí en Hamburgo, antes de volver el 20 de Diciembre, y aún me quedan aquí, al menos, siete meses, que la experiencia me dice dan para mucho.

De vuelta aquí, y después de un vuelo en el que se me ha infligido un dolor psicológico injusto por parte de una estúpida americana de Miami que no ha callado en todo el viaje. Además, mi vuelo ha llegado con más de una hora de retraso; resulta que los controladores aéreos de Barajas sólo cobran al mes casi 28000€, pobrecitos, y claro, al necesitar más, qué mejor forma de solucionar su problema que colapsando Barajas y calentando a la parroquia.

Una vez llegado, entro en mi habitación para verla como la había dejado, casi sin cambios: temperatura del cuarto óptima, las fotos de mis amigos en las paredes, el poster de Berlín que había colgado ahora está en el suelo, la botella de Ron Barceló de Pedro sigue en mi estantería, comida que guardé en mi armario para evitar que se la comieran los chinos, intacta, y en general toda suerte de tonterías que acaban conformando mi cuarto y lo convierten en una solución habitacional, como diría aquella.

Me he encontrado a uno de los chinos en la cocina cocinando arroz y pollo, muy atípico en ellos, y le he felicitado el año. Siguen siendo simpáticos a su manera, pero nada afectuosos, tienen miedo a las relaciones humanas con occidentales todavía. No es tarea mía cambiar 2000 años de idiosincrasia china. Me ha contado que sólo salió el día de Navidad a casa de "su profesor", y a las once de la noche ya estaba de vuelta en casa. Allí me las den todas.

Por lo demás, mañana empiezo de nuevo a trabajar, y también el intensivo en el Goethe, que me quitará las tardes de los lunes, los martes y los jueves, por eso de que dura de 18:30 hasta las 21:00. Es un porrón de horas, pero espero aprender de una vez y en condiciones el idioma.

Hamburgo, todo nevado por cierto, suelos helados, y, como siempre, poca luz en la calle. No hay mucha gente por aquí todavía, pero llegan a más tardar esta semana o a principios de la siguiente, así que se reanudará la actividad en escasos días, y por aquí estaré yo para contar lo que proceda. Un saludo a todos y feliz año.

O de vuelta en España, por Navidades. Fin de mis primeros dos meses y medio en Hamburgo, que han pasado volando, sobre todo Noviembre y Diciembre. Dejo detrás un Hamburgo nevado, con nueve grados bajo cero y sin rastro del Sol por ningún lado.


Sábado y Domingo han sido de despedidas, primero de mis compañeros de piso, a los que no creo que vuelva a ver, aunque por lo visto Ernesto se queda en Hamburgo un mes más de ilegal, así que quizá le vuelva a ver. Rishab marcha y, a Dios gracias, el ruso también. Ya no lo aguantaba más, no soporto a los cerdos y a los salvajes por domesticar. El sábado consistió en acercarme al centro a comerme una última Bratwurst antes de que acabara el año, comprar unos últimos recuerdos en el Weihnachtsmarkt de la Rathaus, e intentar dar un paseo por el centro. Digo intentar, porque todas las calles del centro las habían hecho peatonales, y estaban atestadas por millones alemanes. Para terminar el día, me acerqué a la Europa Haus para despedirme de los que quedaban en Hamburgo, última charla antes de abandonar Hamburgo, y a dormir para coger el avión al día siguiente a las 11 de la mañana.


 Agradable sorpresa hoy al encontrarme en el aeropuerto de Hamburgo a Diana, a la que le habían cancelado su vuelo con la KLM que hacía escala en París, y que había sido reubicada en vuelo de Lufthansa. Lástima que no acabáramos juntos sentados en el avión, uno en Antananarivo y otro en Tegucigalpa. Al llegar a España, comida especial con mis padres, y por la tarde quedada aún más especial con alguien al que llevaba echando mucho de menos desde hacía también mucho tiempo. Perfecto inicio de las vacaciones de Navidad. Quedan por delante quedadas con amigos y esperados reencuentros.


Mucho me temo que no volvereis a saber de mí hasta que vuelva a Hamburgo a principios de Enero, porque lo que haga estas Navidades por Madrid, a este blog no le concierne. Así que como dirían los alemanes, 


FRÖLICHE WEIHNACHTEN 
UND EIN GLÜCKLICHES GUTES NEUES JAHR
 

Escribo el post mientras veo por mi ventana cómo cae la nieve sobre Hamburgo, y deja tras ella un paisaje que me recuerda en parte al del año pasado en Lappeenranta. Esta nevada no es ni parecida a las que caían allí entonces, pero es suficiente para dejar algunos centímetros de nieve en la calle. No me molesta, me gusta, la prefiero a la lluvia y, lo más importante, me trae muy buenos recuerdos. Bueno y malo a la vez.


Pasan de momento los días de esta semana como lo venían haciendo anteriormente, salvo que ahora la pregunta que nos hacemos los unos a los otros es "¿cuándo te vuelves?". He respondido a esta pregunta cientos de veces esta última semana, y lo curioso es que la misma gente me vuelve a hacer la pregunta una y otra vez. Es lo que tiene preguntarle la misma cosa a 200 personas más, las respuestas acaban mezclándose unas con otras.


En Philips, también semana de despedidas. Jingang vuelve tres semanas a China, y Barath se va definitivamente, ahora que ya ha terminado su tesis. Dice que le han contratado en el INSA de Lyon, así que no le irá mal, salvo probablmente por el idioma horrible que se habla en ese país y al que tanta manía le cogí. A los demás les veo de nuevo próximamente, porque el día tres de Enero estaremos casi todos de vuelta. Nicole, mi supervisora, no ha estado esta semana porque decidió irse prematuramente de vacaciones, así que estoy viviendo bajo la sensación de que no tengo que aparentar nada. Esto se ha traducido en más horas para dormir, en detrimento de llegar a una hora razonable a trabajar.


Con respecto a mis compañeros de piso, creo que no lo he mencionado todavía, pero tenemos una nueva adquisición de hace escasos días: una alemana se acaba de mudar aquí. Está loca de atar, y no para de quejarse de lo mucho que le grita su jefe y lo mal que lo pasa en el trabajo. Con respecto a mi amigo indio Rishab, se encuentra ahora mismo celebrando en su habitación su fin de exámenes. Acaba de llegar de una fiesta y está completamente ebrio, viendo con más indios un episodio de The Big Bang Theory mientras beben vodka barato mezclado con Coca Cola light. Ernesto está desaparecido en combate, los chinos están ya dormiditos hace rato, y el ruso loco (que está en la habitación que antes ocupaba el neozelandés) ha traído a unos irritantes amigos alemanes que están a voces en la sala común. Menos los chinos, todos ellos se van de la Paul Sudeck a finales de este mes para no volver, así que les haré una tortilla de patata para despedirles. Echaré de menos a Rishab y Ernesto, he pasado muchos momentos graciosos con ambos.


Ayer fue mi última fiesta de la Paul Sudeck del año, a la que fuimos los de siempre. Además hoy no me preocupaba llegar tarde a trabajar porque, como he dicho, no está Nicole, con lo cual no iba a ser requerido por nadie ni nadie me iba a echar ningún ojo. Desafortunadamente, mañana tendré que madrugar porque nos dan una charla de seguridad laboral a las diez de la mañana. Sólo espero que no sea en alemán. Hablando de alemán, he abandonado la academia en la que estaba para unirme al Goethe Institut en Enero, espero darle un empujón definitivo al idioma. La academia anterior estaba llena de búlgaras y rumanas sucias, un moldavo de maneras extrañas, una francesa insoportable y creída como sólo lo son ellas a veces, y una chica colombiana que me ha tenido el mes entero buscándole piso. Las clases muy bien, pero la gente era extraña y daba penita.


Y por lo demás, mañana hay fiesta en Europa Haus, que se anuncia como una de las más locas del semestre, así que procedo a meterme en la cama y dormir algo, para no estar derrotado mañana antes de tiempo. Próximamente, último post de mi semana en Hamburgo, probablemente antes de mi partida a casa, anunciada para este domingo. Hasta pronto.

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